“era mi tía” o mi bisabuela, o la tuya

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Era su tía, pero pudo ser tu abuela, tu madre o tu hermana:

Ocurrió poco después de la Guerra Civil, ella era una mujer joven cuyo único pecado fue estar casada con un comunista, nadie pudo reprocharle nada jamás, porque ella sólo se preocupaba de trabajar en el campo. Tampoco tuvo nunca una palabra de más con los que ganaron la guerra que, ellos sí, sólo clamaban venganza por haber sido desposeídos de los privilegios medievales que en Andalucía aun existían en el siglo XX.


Pero acabó la guerra y su marido estaba en el bando de los perdedores, en el de los comunistas que quisieron destruir España (curioso que aun hoy algunos recurran a esa misma expresión para ocultar sus miserias intelectuales), por lo que ella debía pagar tal afrenta, puesto que su marido no estaba. Poco importaba que ella no entendiera de política, que no supiera leer ni escribir, que toda su vida, desde los 7 años, hubiese estado trabajando en lo que saliera, ya fuese limpiando las casas de los terratenientes o recogiendo algodón con sus manos de sol a sol, igual que los esclavos del Sur de los Estados Unidos entre los siglos XVIII y XIX, era culpable de amar a un sucio rojo.


Decidieron prenderla, no fueron los cuerpos de seguridad de la dictadura, no hacía falta, en aquellos tristes años los señoritos andaluces falangistas, como debía ser, se paseaban por las calles de los pueblos con el revolver en el cinto, amedrentando y abusando del resto de ciudadanos sin derechos.


Una vez en su poder no pudieron menos que raparla al cero, desnudarla y hacerle beber una botella de aceite de ricino, típico purgante que se utilizaba con las personas que tenían dificultades para evacuar. La humillación era insoportable, pero era peor aun comprobar como la vida se le iba escapando a cada paso, por los efectos del aceite de ricino y la deshidratación que le provocaba.

Así la tuvieron todo el tiempo que pudieron, puesto que su dios, ese al que invocaban para justificar sus salvajadas, igual que ahora es invocado para justificar que los pederastas son unos enfermos, no permitió que siguiera sufriendo y la dejó fallecer en su sufrimiento.


Ella vomitó y defecó. Eso sí fue vomitivo e inhumano, una tortura insufrible comparable con la que han sufrido tantos cientos de miles, millones de perseguidos por todo el mundo sólo por pensar diferente o, simplemente, por haber unido su vida con quien era diferente.

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